Muchas gracias a los que os habéis tomado la molestia de leer mi historia, espero os guste el final.
Gracias a Roxas y a Abby por los comentarios me alegra muchisimo que os gustara, espero el final no decepcione...

Aquí lo tenéis:
Capítulo TerceroEstamos dentro del pequeño edificio de una sola planta que tan bien conozco. En la sala de espera.
Mi madre me da un leve codazo y me tiende la mano. Se lo que le tengo que dar.
Saco mi cartera, le entrego mi DNI.
Se dirige a la cola del mostrador. Aprovecho que está de espaldas a mí para doblarme y agarrarme el estomago. Ese olor, ese maldito olor. Me dan arcadas. Los hospitales tienen su propio olor. Este tipo de lugares también.
Me recupero como puedo e intento ignorarlo o acostumbrarme a él, aunque se que será en vano.
Meto mis manos en los bolsillos. Incluso dentro hace frío.
Miro, sospecho.
Apenas hay poco más de una veintena de personas. Algunos de ellos me suenan. Gente pobre, desaliñada, ropa que se ve, no es de su talla. Gente con cinturones de marca y pelo repeinado que no encaja. Extranjeros desorientados. Todos tienen la mirada ausente. Algunos fuman. Nadie habla.
Hay tres niños jugando, no hacen ruido. Es antinatural.
Uno de ellos pasa cerca de mí. Me mira a los ojos. Siento frío que me recorre la columna vertebral.
Mirada Oscura. Ausente. Vacía. Tremendamente profunda. Parece la de un viejo. Acabo de ver mi propia mirada. Me turba y me angustia profundamente.
El niño sigue su camino.
Mi madre ha llegado al mostrador, oigo lo que dice a pesar de no estar cerca. Un nombre. Entrega nuestros DNIs. No se los devuelven.
Me empiezo a sentir atrapada. Lo que representa es ese pedazo de papel plastificado. Lo que es que te priven de él.
¿Quieres algo de beber? Le pregunto a mi madre, de nuevo a mi lado.
No, pero toma. Me tiende un par de monedas.
Me acerco a las maquinas expendedoras. Echo las monedas. Una botella de agua. Meto la mano entre las rejas que la guardan, saco la botella. No puedo evitar sonreír ante lo apropiado de que esas rejas estén ahí. Muy significativo.
Ando. Un cartel nuevo ante las puertas de los servicios: "Por favor, NO defecar fuera de los inodoros". Me apoyo en la pared con disimulo. Recuerdo el por qué lo han tenido que poner. Mi mente no me ayuda. No puedo ignorar donde estoy. Me siento terriblemente débil. Bebo un sorbo de mi botella.
Sigo andando por la sala. Me vuelvo a leer los carteles que ya conozco: "Horarios de Autobuses" "Documentación para primeras visitas" "Lista de objetos prohibidos". No puedo evitar reírme por dentro ante algunos de esta última. Poco a poco he recuperado mi careta. Vuelvo junto con mi madre. Aun me siento débil.
Fuma aparentemente tranquila. No lo está.
Van llegando lentamente más personas. Se acercan al mostrador. Nombre. DNIs. Aguardan como nosotras, sentadas o de pies. El silencio abruma, como en un velatorio.
Bebo en tragos cortos. Tengo un nudo en la garganta que me lo impide de otro modo. Tiemblo levemente. Mi mascara se desvanece poco a poco ante esta realidad. Ya no me siento tan rebelde ni tan segura.
No llegan más personas. Parece que estamos todos.
Se abren las puertas a nuestra derecha. Aparece en escena un hombre. Un funcionario uniformado. Todos los presentes nos erguimos, nos incorporamos. Lleva un taco de DNIs. Nuestros DNIs.
Nombra a los dos primeros. Pasan por la puerta sin prisa. Esperamos. Dos nombres más. Pasan por la puerta. Esperamos.
Nombran a una mujer. Me nombran a mí. Mi madre me acerca la bolsa de deportes y me entrega su bolso. Paso por la puerta como puedo. Encorvada. Débil. Arrastrando la bolsa.
Apenas tengo fuerza para dejar la bolsa de viaje en la cinta del escaner.
Me adelanto a la zona de taquillas y abro una de ellas. Dejo dentro el bolso de mi madre. Mi mochila. Mi cartera. El Móvil. Las llaves. Cierro la taquilla y cojo la llave. Suspiro. “Objetos Prohibidos”
Regreso a la salita.
Dejo ante la atenta mirada escrutadora de una funcionaria la llave en la mesa. Mis anillos. Mi cinturón. Mis botas.
Paso por el detector de metales. No ha pitado nada, ya lo sabía. A pesar de ello, la funcionaria me cachea los bolsillos. Nada.
Me siento como uno de ellos. Como aquellos a quienes vamos a visitar.
Recojo mis cosas. Me ato los cordones. Cojo la bolsa de viaje del final de la cinta del escaner. Al parecer está todo bien.
Paso a una segunda sala de espera. Están todos los que han ido nombrando. Se nota el nerviosismo en el aire. Arrastro la bolsa a unos asientos y me siento yo.
A uno de los niños su padre le ata los cordones. Nadie se libra, pienso.
Espero a mi madre. Espero al resto.
La sala en la que estamos esperando no es diferente de la anterior. Suelo gris verdoso. Asientos de plástico blancos. Paredes blancas. Sucias. Con pintadas de boli o rayajos. Unos cuadros feísimos intentan dar algo de color, no lo consiguen.
El mismo silencio. Tengo frío.
Los pensamientos abruman mi mente, incapaces de negar mi realidad. Bloqueando mi mente. Mi mascara se ha ido por completo y me siento horriblemente pequeña. Indefensa.
Por fin estamos todos. Aguardamos.
Pasa a la sala el mismo funcionario que antes tenía nuestros DNIs. Una llave. Nos abre la puerta al fondo de la sala.
Cogemos nuestros macutos. Vamos saliendo. El funcionario cierra a la puerta tras nosotros, desde dentro.
La puerta del edificio da paso a un patio enorme guardado por la verja metálica perfectamente iluminada. Todos conocemos el camino. Empezamos a cruzarlo, como zombis en procesión, encorvados, desanimados, sin expresión aparente en la cara.
El frío invade mi débil cuerpo y el aire limpio me reconforta.
Recorremos el resto del patio en silencio, nos dirigimos en nuestra procesión al enorme complejo, la institución, como queráis llamarlo.
Entramos a una pequeña sala. Un par de funcionarios nos observaban detrás de un cristal. No miro arriba, pero noto como las cámaras me queman la coronilla.
La primera puerta se abre. Pasillo. Nos apelotonamos como podemos. Se cierra la puerta a nuestras espaldas. Sensación de ahogo que apenas puedo disimular. Se abre la puerta de delante. Pasamos. Se cierra a nuestras espaldas.
No hay marcha atrás. Me siento atrapada. Estoy atrapada.
Me recorre un escalofrió el cuerpo. Tengo frío.
Otro patio ante nosotros. Esta vez pequeño, flanqueado por edificios y altísimos muros. Su sombra se extiende de manera que impide que llegue luz solar.
Veo a algunos de ellos con utensilios de jardinería. Sucios. Evito mirarlos. Pero no puedo, al menos de reojo.
Otro escalofrió. Esta vez no es de frío. El horror se me ha medito en el cuerpo, el olor me hace sentir enferma, la falta de luz y color me va quitando la esperanza.
Entramos en el edificio de enfrente.
Dejo pesadamente la bolsa. Mi madre la abre, saca una pequeña tarjetita que ata al asa:
Un nombre.
Modulo diez.
Me empujan. Sé porque lo han hecho. Llamo a la puerta que tengo enfrente. Un funcionario abre apenas lo justo para recoger nuestra bolsa.
Me mira con recelo. No importa que me saque tres cabezas. No importa que el vaya armado. No importa que yo sea menor. No importa que no haya hecho nada. Yo también estoy aquí. Encerrada. Para él soy una de ellos. Ya no tengo libertad.
Poco a poco los demás también dejan sus bolsas.
Al poco de dejar nuestros bultos, sale un funcionario de la salita, lleva unas llaves y la mano en la porra, nos hace retroceder con la mirada y nos abre una puerta de rejas. Vuelve a la salita y oímos como cierra por dentro con llave.
La puerta da paso a unas escaleras que subimos rápido. Nos apelotonamos en el descansillo al final de esta. Una puerta de cristal brindado y rejas nos impide el paso.
Es complicado explicar el lugar. En frente hay otra puerta gemela y otra escalera gemela que también sube a la mínima estancia. A la derecha de esta una sala “de control” con un par de funcionarios, protegidos por más cristales y rejas. A la izquierda otra puerta de cristal y rejas (cómo no).
Los funcionarios nos abren desde la distancia de la sala de control la puerta, y me empujan a la salita. Nos cierran como a ratones en una jaula, y casi de seguido se abre la puerta a nuestra izquierda. Me arrastran de nuevo. Y cierran la puerta detrás de nosotros.
Estamos en un largo pasillo, da a muchas habitaciones en fila, todas iguales, la mitad de la “pared” al techo de estas y las puertas son un cristal.
Son salitas de estar con un par de sofás, uno enfrente del otro, una mesa baja en medio de ambos; una mesa alta con sillas y una papelera en la esquina conforman el mobiliario de cada una. Todo está limpio y todo está sucio y viejo a la vez. Como en una habitación de motel de carretera barato. Cada una tiene una pequeña ventana con rejas que apenas da luz. Hay doce salas si no conté mal.
La única salida es la puerta por donde hemos entrado. Al fondo del pasillo sólo hay unos baños de dudosa higiene e intimidad.
Me siento completamente atrapada, y lo estoy, el aire está muy viciado y el olor está que en su máximo exponente, me revuelve el estomago. La semipenumbra y las sombras que proyectan los focos del exterior sobre los barrotes de las ventanas dan un toque siniestro que me hace poner el cuerpo en tensión. El frío en el interior del edificio merma mis pocas barreras y sólo me sostengo en pie por pura tozudez.
Se masca la tensión en el aire y como se suele decir se podría cortar de lo espeso que esta el ambiente. Todos hemos ocupado una salita, por familias, y esperamos impacientes asomados a las puertas de estas a que se abra de nuevo la puerta de cristal enrejada por donde entramos.
Pasan los minutos.
El crujido de la puerta abriéndose nos devuelve al estado de alerta a todos. Por ella vienen uno a uno hombres, todos ellos de mirada gacha y ojos hundidos, postura encorvada, algunos portan pequeñas mochilas. Hombres tristes, hombres grises, parece que portan el peso del mundo o una nube de lluvia sobre ellos.
Buscan con mirada tímida a su familia, por un instante se les ilumina la cara.
Sigo a la espera, según van viniendo estoy más tensa, por fin, reconozco al sexto hombre. Se le iluminan los ojos (supongo que a mí también), le doy un fuerte abrazo cargado de emoción que casi nos tira a los dos al suelo, al que se une mi madre. El hombre me da un beso en la mejilla y entramos sin separarnos a la sala. Me limpio la mejilla sin que me vean.
Nos sentamos el hombre y yo en uno de los sofás destartalados, con los cojines llenos de jirones y quemaduras de cigarros. Mi madre en el de enfrente, de iguales condiciones.
Estamos en la cárcel. Durante las próximas dos horas somos unos presos más.
El hombre es mi padre. Esto es un vis à vis familiar.